Los bichos no respetan el confinamiento

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 4 min.

No se me olvida. Verano, en un lugar de Escandinavia, en la terraza de un café. Se posó en el metro cuadrado de mesa adyacente un carbonero común. Parus major, les decimos a esos pájaros en la lengua común de la nomenclatura taxonómica; aquí y en China. Y aquel carbonero dio cuenta de las miguitas que por allí había, sin prestar mayor atención al voluminoso mamífero próximo. Es verdad que los carboneros comunes son aves bastante descaradas; no obstante, para los que crecimos en una ciudad española la escena no es habitual.

Pocas especies animales se permiten el lujo de acercase a ti. Incluso cuando te pones el conjunto “explorador” para dar un paseo por el campo, los vertebrados se acercan poco; los mamíferos apenas se ven. Durante el periodo extraordinario que vivimos en buena parte del mundo, en forma de pregunta “¿En serio, Antropoceno?”, leemos aquí y allá noticias de avistamientos de fauna salvaje en zonas particularmente pobladas. O al menos en zonas donde no se esperaban. No, los bichos no respetan el confinamiento.

Una posibilidad a tener siempre en cuenta es que no hayan cambiado especialmente los patrones de comportamiento de los animales, y sí los de las personas que ahora los ven. A ver quién se tiraba más de doce horas pendiente de la ventana antes del trance. Dejo aparcada ahí, al lado de las ideas, esa posibilidad.

Hay al menos dos razones por la que los animales pueden dejar de lado la precaución y acercarse a los humanos más de lo habitual. Y no son necesariamente independientes. El hambre es una de ellas, intuitiva pensando en nuestro propio comportamiento. La percepción del riesgo es otra.

¿Por qué nos temen los animales? Esencialmente porque el atrevimiento se paga caro ante las causas de mortalidad a manos del hombre: los más atrevidos mueren primero. Recuerdo aquel experimento en el que los genotipos de peces de crecimiento rápido y comportamiento audaz picaban tres veces más rápido que lentos y tímidos. Y es que las poblaciones de animales no humanos presentan también importantes diferencias individuales. Si los menos atrevidos consiguen adquirir suficiente energía, podrán usar parte en reproducirse. Sean lubinas o carboneros. Y trasmitirán a sus descendientes la parte hereditaria de su comportamiento prudente. Por eso, si la presión de pesca, caza, u otra fuente de mortalidad asociada al hombre es suficientemente importante, podemos esperar cambios progresivos en las poblaciones formadas por los que sobreviven: urogallos más esquivos, osos más nocturnos.

¿Por qué temen menos en determinadas ocasiones? Un determinante a tener siempre en cuenta al estudiar la naturaleza es que la energía disponible no es infinita. Tampoco se transmite eficientemente cadena trófica arriba. La limitación energética implica que la energía que los animales dedican a guardarse de enemigos no la pueden emplear en alimentarse, crecer, defenderse de las enfermedades, o reproducirse. Los terrenos que deciden evitar por precaución pueden albergar fuentes importantes de energía y nutrientes, que dejan entonces de estar accesibles. Es esperable por tanto que cuando perciban menos peligro – o pasen más necesidades – rebajen el nivel de precaución. Es entonces cuando vemos de nuevo a algunos individuos de la población. Los más atrevidos, los más hambrientos, o los resultantes de combinar personalidad y necesidad.

Algunos de esos cambios en el comportamiento animal los tenemos culturalmente interiorizados; los animales deben permanecer “en su hábitat”. Incluso científicos y técnicos usamos términos para identificar individuos que se saltan el confinamiento permanente, antropocénico: hablamos por ejemplo de osos o lobos “habituados”, cuando algunos individuos se dejan ver cerca de asentamientos humanos. Y rápidamente retomamos en esos casos la presión selectiva, tomando medidas contra esos individuos, entre otras cosas porque nos extraña su comportamiento.

Sin embargo esas consideraciones son culturales, no biológicas. ¿Debe un animal salvaje mantener por defecto la distancia a nosotros, y a la vez seguir mereciendo el calificativo? Si dejamos de representar una amenaza, no. Se me viene a la cabeza aquello que escribía Gordon Haber, biólogo excepcional y poco dogmático, tras muchos años estudiando el comportamiento de los lobos en Alaska: el comportamiento inquisitivo alrededor de humanos esta mucho más cerca de lo “natural” y “salvaje” que el miedo y la cautela.

Más allá de consideraciones culturales sobre el comportamiento animal, en las partes más transformadas y habitadas del planeta los animales que quedan permanecen confinados en hábitats donde tienen difícil adquirir suficiente energía para sostenerse. Incluso aquellas reservas que percibimos como grandes logros conservacionistas son poco eficientes, y están sometidas a fuertes presiones. Merece entonces la pena recordar que las poblaciones de animales, con sus individuos más atrevidos y más tímidos, responden al riesgo real o percibido. Especialmente en animales que han sufrido explotación histórica, la presencia humana se percibe peligrosa, por amigable que sea la intención actual. Y tiene costes para el bienestar de esas poblaciones.

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Una respuesta a Los bichos no respetan el confinamiento

  1. Luis Aguado dijo:

    Que puedo decir.. Aparte de gracias por el artículo, dicen que leyendo aprendes, es verdad aunque no siempre en positivo, esta vez si, disfruta uno mucho con artículos con este, el señor Mario Quevedo solo tiene un fallo, amén de otros de baja importancia seguro… Ser del Sporting, por lo demás.. Gracias de nuevo.

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