Como toda la vida

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 4 min

El título de la entrada, o cualquier variación del mismo, es una forma habitual de expresar preferencia por maneras históricas de vivir, de comer, o incluso de alcanzar el equilibrio físico con el medio. Un arroz con bugre de los de toda la vida. Beber leche como toda la vida, etc.

“Como toda la vida” no existe.

No, no tengo problema alguno con algunas formas históricas de hacer las cosas, como no lo tendré con algunas no desarrolladas todavía. Algunas, digo, que el homicidio es de toda la vida, tradicional en muchos ámbitos. El problema con esto “de toda la vida” es que llama a engaño, de muchas formas. Una de ellas está conectada con otro término muy extendido hoy en día: sostenibilidad.

A ver si me explico con una gráfica prestada. Para esta última, me parecen particularmente útiles los datos de demografía humana de Naciones Unidas, referencia muy útil para discutir numéricamente de donde venimos, y dónde vamos. Numéricamente desde el punto de vista ecológico, claro; contando individuos. Para otras aproximaciones, Producto Interior Bruto, Índice Bruto de Felicidad, etc.

La imagen muestra datos, y predicciones. El eje vertical, el de la Y, dice “population (billion)”. En español diríamos miles de millones, no billones. Pero no es el número absoluto de humanos lo que más me interesa aquí; ahora vuelvo a eso. El eje horizontal, el de la X, muestra años desde 1950, y hasta 2100. Ese eje es el que separa los datos de los modelos y las predicciones. El punto de ruptura es 2017: sabemos cuanta gente había hasta el año pasado, sabemos como cambió la población hasta ese momento, y a partir de ahí, y desde 2017, predecimos lo que puede deparar el futuro. Claro que esto es técnica, no esoterismo ni profecía. Por eso de 2017 hacia el futuro florecen líneas en el gráfico, reflejando la incertidumbre. Cada línea representa un escenario concreto, cada uno más probable cuanto más próximo a la línea roja gordita, central.

Sitúate por favor en la gráfica, entre 1950 y 2020. Observa como las guías horizontales que salen del eje Y, el de población, son cortadas por la línea negra con un determinado ángulo. Ese ángulo es la pendiente de la curva, e indica cuanto cambia la variable Y (miles de millones de Homo sapiens) por cada cada cambio de X (años desde 1950). Podríamos medir con precisión ese ángulo, esa pendiente, pero creo que basta con observar que es bastante mayor que 0. Si tuviéramos que subir en bici por esa cuesta, andaríamos la mayoría “subiendo piñones” y, eventualmente, cogiendo un bus. Ese ángulo, esa pendiente, es mi pivote en esta entrada.

No existe “como toda la vida” mientras el ángulo de cambio poblacional humano sea mayor que cero. Cada año que pasa, lo de toda la vida debe soportar más humanos que el anterior. Si dejáramos todas las demás variables quietas, constantes, podríamos quizás hablar de hacer lo de toda la vida si el ángulo de la curva fuera aproximadamente igual a 0. Un ejemplo: recuerdo hace unos años una conversación casual al pié de un arroyo, en Caso, municipio del Oriente de Asturias, y en la vertiente Norte de la Cordillera Cantábrica. No recuerdo con precisión, ni hace falta, el contexto, pero alguien protestaba porque no se podían coger truchas como toda la vida se hizo (en cursiva la expresión literal). Como toda la vida había hecho aquella persona, se entiende, seguramente similar al toda la vida de los de su generación y origen geográfico. Sin entrar en cambios normativos, la combinación de pescar “como toda la vida” con la empinada cuesta demográfica humana implicaría – y está implicando – acabar con las truchas, y dejar sin lo de toda la vida a los futuros.

Diríamos en la cháchara de los tiempos que esa pesca no es sostenible, por mucho que sea de toda la vida.

Nada es simple cuando tratamos los cambios de la población humana, los efectos de esos cambios sobre el ambiente, y sobre la propia calidad de vida de humanos allí y aquí. Hay diversos matices importantes de cara a precisar el origen de los problemas y proponer soluciones. Uno, el incremento del consumo individual, eso de “la huella ecológica”, en muchos aspectos más problemático que el incremento de la población. Otro, la naturaleza del acto al que nos referimos con toda la vida: sacar truchas del río y manzanas de la pomarada son conceptos estables; las formas de hacerlo no lo son, y cambian hacia mayor eficiencia, mayor intensificación.

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Conservación, preservación

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 5 min

Hace unas semanas me invitaron a hablar de biología de la conservación, con carta blanca para darle el enfoque que me pareciese. O al menos cogí la carta blanca primero, y el vino después, que no sabes lo que te tocará mañana. Y puestos a hablar, traté de contar en qué consiste la biología de la conservación, de qué se ocupa. Salieron por tanto las poblaciones pequeñas, y sus primas las poblaciones en declive; salió la importancia de la mala suerte demográfica, ambiental, y genética, en el contexto de la probabilidad de extinción; y seguro que salieron fragmentación y pérdida de hábitats.

Quizás pueda parecer obvio de que hablamos aquella tarde. Y escribo condicional porque como uno se ponga, le podría sacar punta a cualquiera de los conceptos anteriores; o lo que es lo mismo, montar una agria discusión con amigos y conocidos a ver quién lo tiene más claro, quién es más conservacionista. “Perdida de hábitats”, por ejemplo, no es una idea fácil. A no ser que te pase como a Kilauea, y un volcán te pavimente la reserva natural de la noche a la mañana sin licencia municipal de obra, eso de perder hábitat queda difuso, y merece ser precisado hacia “pérdida de hábitats primarios”. Si te cepillas la mitad de los árboles de una ladera pierdes un tipo de hábitat, te quedas con otro. O, mejor dicho, si te lo cepillas, dejas a las gentes a las que les importa esto de los hábitats con otro, sinvergüenza.

Si tengo ocasión, si me vuelven a dar atril, igual hablo de lo que no es estrictamente conservación, aunque se incluya a veces en el refrito de disciplinas científicas y humanidades que forman eso de “conservación de la naturaleza”, o “ciencias de la conservación”. Un banco de germoplasma no es conservación. Un “paisaje natural protegido” no es conservación, ni paisaje natural. Ambos son preservación.

Como la lata esa de melva canutera, en aceite de oliva.

No tengo intención alguna de restarle valor a la preservación; solo le doy aquí importancia a los términos, para entendernos mejor y, puestos a discutir, hacerlo con más precisión.

Si la intención es conservar la naturaleza, en lugar de preservarla en un estado concreto, habrá que tener en cuenta que no es estática1. El paisaje que vemos es una foto fija de un ecosistema, en el que están fluyendo el carbono, el nitrógeno, el fósforo y otros minerales, y en el que están interaccionando poblaciones de distintas especies a través de la competencia, la predación, el mutualismo, la facilitación. Aquello de que no ves el mismo río dos veces, pero algo más despacio en sistemas terrestres. Si quieres proteger el paisaje, esa foto fija, tendrás que contrarrestar con manejo la naturaleza dinámica de los ecosistemas subyacentes; tendrás que parar el vídeo para seguir capturando pantallazos.

En Europa quedan pocos hábitats primarios. En un continente de naturaleza esencialmente forestal desde el final del último periodo glacial, la inmensa mayoría de lo que tenemos, en el mejor de los casos, son bosques jóvenes2. Ves, otro término resbaladizo. Mejor sería decir bosques con estructura propia de estadios tempranos de un ecosistema forestal, en los que la mayor parte de los individuos son jóvenes: altos, estirados, sin arrugas, sin bultos, sin deformaciones ni cicatrices. Jóvenes. La explotación histórica de los bosques nos dejó sin bosques primarios, aunque tenemos hábitat forestal.

¿Conservamos los bosques, o los preservamos en su estructura actual? Llevando la disyuntiva a versiones más encontradas, ¿conservamos el ecosistema cantábrico, o preservamos un paisaje cultural, consecuencia de los usos desplegados sobre él? Y planteo la disyuntiva para territorios en los que los usos ya no están presentes, por la razón que sea. Discutir aquellos usos, u otros, es otro cantar3–5.

La primera opción implica menos intervención, permitiendo que flujos e interacciones desplieguen el cambio relativamente previsible del ecosistema; eso que llamamos sucesión ecológica. La segunda opción implica intervenir, constantemente, para detener ese cambio cierto, constante. Personalmente me inclinaré casi siempre por la primera opción, pero parece claro que hay una disyuntiva que abordar, a poder ser con la mejor información posible. Cualquiera de las opciones planteadas, o cualquier versión alternativa, nos presentará aspectos cómodos e incómodos, ciertos e inciertos, y resultará más favorable para unas especies u otras. Y plantear abiertamente esas alternativas me parece por un lado un ejercicio biológicamente interesante, y quizás socialmente más honesto.

Conservación de la naturaleza no es – a pesar del nombre – una opción conservadora. Implica permitir y observar los cambios, sin garantía de que el resultado sea más placentero para el observador. No obstante, la preservación de determinados paisajes tiene también su miga, en el estado actual de la biosfera, con 7.600 millones de humanidades y sus cachivaches, medrando. En ese contexto que nos toca, podría ser deseable preservar unas hectáreas de turbera costera, porque la ocupación y explotación humana del paisaje no permiten la acumulación de turba en otras zonas. Podría ser deseable suprimir el fuego en esas hectáreas de bosque mediterráneo, las ultimas de su clase, por mucho que el fuego sea una perturbación inherente a ese ecosistema. Y podría ser deseable plantear una reserva estricta para conservar esas hectáreas de bosque salvaje. Ni la preservación de unas ni la conservación de otras te garantizan que todas las especies incluidas se vayan a quedar en tu reserva, o en tu preserva, más allá del folleto divulgativo.

Si por el contrario los ecosistemas primarios contaran todavía con las extensiones previas a la transformación humana del paisaje, podríamos confiar en que las perturbaciones inherentes a ellos (los rayos, las tormentas, los movimientos de tierras, etc.), repartidas de forma cuasi-aleatoria y asincrónica, nos dejarían diversidad de hábitats: jóvenes, viejos, abiertos, cerrados, con mariposas y plantas herbáceas, con pícidos y líquenes, y con grandes carnívoros – siempre raros y recibiendo una ínfima parte de la energía solar incidente – usándolos todos.

En cualquier caso, toca decidir si se quiere conservar o preservar, argumentando por qué, y a costa de qué6. No hay decisiones triviales en conservación, pero podría haber decisiones mejor discutidas.

Referencias
1. Pressey RL et al. 2007. Conservation planning in a changing world. Trends Ecol. Evol. 22, 583–592
2. European Environment Agency. 2014. Eight facts about Europe’s forest ecosystems https://www.eea.europa.eu/highlights/eight-facts-about-europe2019s-forest-ecosystems
3. Halada L et al. 2011. Which habitats of European importance depend on agricultural practices? Biodivers. Conserv. 20, 2365–2378
4. Fischer J et al. 2012. Conservation policy in traditional farming landscapes. Conserv. Lett. 5, 167–175
5. Merckx T y Pereira HM. 2015. Reshaping agri-environmental subsidies: From marginal farming to large-scale rewilding. Basic Appl. Ecol.
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Sonogramas con R, y murciélagos

Los sonogramas son representaciones gráficas de – por ejemplo – la frecuencia de las llamadas emitidas por los animales. La distribución de esas frecuencias en el tiempo puede en algunos casos servir para identificar el bicho, o la actividad que desempeña al emitir el sonido.

Hace ya una temporada descubrí en la práctica la posibilidad de asomarse a los murciélagos a través de esos sonogramas, que pueden ayudar a “ver” las criaturas de la noche. Esencialmente, uno sale con un cacharro especializado en hacer audibles los ultrasonidos de los murciélagos, intentando que los vecinos no le asignen la etiqueta de sospechoso. Una ventaja posible es que esos cacharros se pueden parecer a cierta distancia al transistor “de toda la vida”, ese con el que el paisano sigue el fúbol. Las interpretaciones sobre esa apariencia las dejo a cada uno.

Algunos de esos cacharros permiten además grabar esos ultrasonidos (la mayoría de las llamadas de los murciélagos están por encima de las frecuencias audibles para nosotros, más allá de los 20 kHz). Y ahí es cuando el tecnófilo puede realmente dar rienda suelta a su manía de encender el portátil cuando el resto del ocio falla. Lo que sigue a continuación es un procedimiento para pintar un sonograma decente (si bien opinable) con software libre, a partir de una grabación registrada en un archivo *.wav. El procedimiento serviría también para sonidos en nuestro rango audible, como los de las aves.

He usado Audacity para eliminar el ruido de la grabación, y para quedarme solo con el fragmento interesante (que puedes descargar en formato *.wav, mejor con “botón derecho, descargar enlace”). Posteriormente he usado R desde la interfaz proporcionada por RStudio* para “escribir” esta figura:

El código a continuación produce en R exactamente esa figura, a partir del archivo wav descargado anteriormente:

# instala las librerías necesarias
install.packages("seewave", dependencies = T)
install.packages("tuneR", dependencies = T)

# carga dichas librerías
library(tuneR) # lee archivos *.wav
library(seewave) # pinta sonogramas

# carga archivo de sonido en memoria, 
# asumiendo que está en el directorio de trabajo
datos <- readWave("20170508_235618_275khz_edit_1.wav")

# pinta el sonograma, limitando frecuencia y tiempo
spectro(datos, ovlp=80, wl=1024, flim=c(30, 70), 
        tlim = c(1.48, 1.68), 
        collevels=seq(-25,0,0.5), 
        tlab = "Tiempo (s)",
        flab = "Frecuencia (kHz)", scalelab = "dB",
        cexlab = 0.90,
        scalecexlab = 0.90)

Y volviendo de los métodos a la historia natural, el sonograma muestra 5 pulsos de ecolocalización – o sónar – de murciélagos, de menor intensidad en azules a mayor en naranjas.

Muestra que en esa fracción de segundo pasaron delante de los observadores dos especies de murciélagos, a juzgar por las formas distintas de sus pulsos de sónar. El que suscribe, con la imprescindible ayuda en su día del sabio que guiaba, diría que el sonograma muestra a Myotis daubentonii y a Pipistrellus pipistrellus, el primero mucho más especializado que el segundo en hábitats de caza.

Y muestra además que probablemente pasaron 3 individuos, un Myotis y 2 Pipistrellus, dada la mínima separación de las dos llamadas de esta especie sobre la marca de 1.6 s. En ambos casos los emitían pulsos de frecuencia modulada, en todos los casos con amplitudes de banda superiores a los 15 khz. Un patrón alternativo serían frecuencias cuasi-constantes, con amplitudes de banda muy estrechas.

*RStudio no es imprescindible, solo más agradable.

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En los pinos

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 9 min

“En los pinos”, In the pines, es un parte del folclore norte-americano. Leo que es una de las canciones con más versiones conocidas, lo cual no es extraño si sabemos que la pieza aparece ya reconocible en la primera mitad del siglo 19. Una de las versiones más recientes, al menos para una aproximación casual como la mía, es la interpretación desgarrada de Kurt Nirvana Cobain, aquel día, desenchufado.

Y es que eso de “en los pinos” suena muchas veces oscuro e incierto como la letra de la canción americana, también aquí en la fachada atlántica de Iberia. Tanto si hablamos de Pinus pinaster como de Pinus sylvestris, suele haber follón.

¿Son esas especies de aŕboles parte del paisaje natural de la Cordillera Cantábrica?

Mi interés en la pregunta se basa en la búsqueda de referencias en conservación y, sobre todo, restauración. Tiene que ver con la idea de naturalidad, entendida como ausencia de influencia humana reseñable, no por caer en falacias o simplificaciones tipo “natural bueno, artificial malo”, sino por parsimonia: naturalidad como convención, método, y primera aproximación a la restauración de ecosistemas1.

Prejuicios por delante: P.sylvestris es un árbol fantástico, al que los nombres comunes no hacen justicia.

Le decimos, entre otras cosas, pino albar en Español, cuando no es particularmente albo; le dicen Scots Pine en inglés, pero ni los pinos son solo de Escocia, ni está esa tierra particularmente sobrada de ellos. Al menos no de individuos viejos y nativos de P. sylvestris. Algo parecido ocurre en La Cantábrica: la inmensa mayoría de las coníferas que verás son plantaciones, esencialmente con vocación maderera. P. sylvestris se incluye entre esas plantaciones, junto a especies obviamente alóctonas como el californiano Pinus radiata, o Pino de Monterrey.

Es cierto también que no siempre es fácil eso de etiquetar como autóctono / alóctono. Para establecer la referencia interna de este texto y no caer en más equívocos de los necesarios, fijaré un primer filtro “nativo” a especies que hayan llegado por sus propios medios al territorio, y puedan contar una historia ecológica – y quizás evolutiva – común a la de otras especies del lugar. Algo así como el primer filtro en la construcción de comunidades ecológicas, si es que aceptamos su existencia. Algunos ejemplos: el león Panthera leo, el reno Rangifer tarandus, y el pino negro Pinus uncinata.

Aplicaré un segundo filtro para delimitar mejor el contexto de discusión: quedan fuera del conjunto “nativo” aquellas especies cuya extinción local en La Cantábrica haya sido obviamente mediada por la expansión humana. Tras aplicar ese segundo filtro, una especie nativa pero extinta podría ser el lince euroasiático, Lynx lynx2. Un patrón similar habría seguido en su día el Castor Castor fiber, presente de nuevo en el norte de España tras una reintroducción extraoficial, similar a la de varias especies cinegéticas.

Y un tercer y último filtro para definir ese conjunto “nativo”: especies que no han dejado de estar presentes en La Cantábrica desde el final de la última glaciación, sin que en esa permanencia haya mediado aparentemente la mano humana. Pinus sylvestris, por ejemplo.

Contamos con ciencia y técnica para saber cosas sobre la distribución prehistórica de las plantas: una de ellas, el estudio de testigos de sedimento a la búsqueda de polen fósil, junto con la datación química de esos sedimentos. A partir de esos testigos, los paleo-botánicos te dicen si hace 5000 años había polen de pino en la zona de interés. O si lo había hace 500, cuando la historia no se ocupaba todavía de la mayor parte de especies de plantas y animales. Te dicen también qué porcentaje del polen total correspondía a especies arbóreas, y qué porcentaje a herbáceas o matorrales, estableciendo pistas útiles para interpretar si el territorio estaba más o menos cubierto de bosque en un momento concreto de su (pre) historia. Y te dicen también cuándo son patentes los indicios de manipulación humana de la cobertura vegetal, a partir por ejemplo de la presencia notable de cereales. Vamos, que no callan si les das la palabra.

Me tomo la licencia de extraer en la figura a continuación parte de uno de esos estudios3, correspondiente al Pinar de Lillo (1360 m s.n.m, Puerto de las Señales, León; eje de la Cordillera, muy cerca de Asturias):

El eje vertical indica años antes del presente. El horizontal, porcentaje de polen. Los dientes de sierra de relleno negro sólido muestran la presencia y cambio de proporción relativa de dos especies importantes en la zona, antes y ahora: el abedul, Betula pubescens4, y el pino albar Pinus sylvestris. Muestran por tanto un periodo de clara reducción marcada de la proporción de pinos en el Pinar de Lillo entre 800 y 200 años antes del presente, acompañada por un incremento en la proporción de abedules, especie capaz de medrar ante perturbaciones moderadas. Muestran también recuperación gradual posterior del pinar tras el cese de la perturbación, antropogénica en este caso.

El pino albar es nativo de la Cantábrica. Poca duda habrá además de que es una especie relicta, restringida su distribución a un par de localidades. Esa condición “relicta” es consecuencia del cambio gradual de las condiciones climáticas desde la última glaciación, y de la sobre-explotación. Entiendo que de no mediar esa sobre-explotación prehistórica, veríamos pinares de P. sylvestris en algún alto más de La Cordillera5. Eso sí, insisto, en los altos más altos, y con suelos particularmente pobres y ácidos.

Vuelvo al contexto de la restauración ecológica, y a la discusión sobre si repoblar montes con pinos, recurrente por mis lares del noroeste. En una lectura parcial de las opiniones de partidarios de dichas repoblaciones, percibo al menos dos motivaciones: la primera, interés maderero, explícito o velado, por repoblar con una especie de crecimiento rápido en comparación con las frondosas nativas. La segunda motivación estaría basada en urgencias de conservación, y podría usar similares argumentos sobre crecimiento relativamente rápido para incrementar la cobertura forestal en La Cantábrica. No le dedico más texto a las motivaciones de tipo comercial o productivo para pedir más pinos albares en La Cordillera; tendrían que ser discutidas en un contexto de sostenibilidad y ordenación de territorio, no en uno de conservación.

Me interesan más las idea de “pinos y conservación” y “pinos y restauración” en La Cantábrica. Partimos de que la cobertura forestal es inferior a la natural en la Cordillera. El grado de fragmentación de esa cubierta forestal es alto, produciendo un paisaje de grano fino, en el que no hay grandes extensiones de bosque continuo. Tampoco hay grandes extensiones de sus sustitutos tras las perturbaciones, los matorrales de brezos y escobas. Ante esa situación, una opción de restauración frecuentemente repetida es incrementar la superficie forestal y mejorar la conectividad con repoblaciones de especies arbóreas. Algunas opiniones dicen “pinos” como candidatos para esas repoblaciones: te sitúas en un brezal, metes la maquinaria pertinente, y repueblas con juveniles de Pinus sylvestris. Y lo haces porque los pinos albares son nativos en la zona. Quizás lo haces también porque pudiera ser que los pinos crecen rápido, y tienes urgencia de conservación. Suena razonable, pero me suena también cuestionable (cuestionar es saludable, eh, aunque incordie). Que una especie sea nativa en un territorio definido de forma laxa como las zonas altas de La Cantábrica no quiere decir que crezcan en cualquier sitio dentro de ese territorio; mucho menos quiere decir que crezcan mejor o antes que otras especies en ese sitio. Intento explicarme a continuación.

Por un lado y antes de usar dineros públicos en repoblaciones debemos comprobar si existe reclutamiento espontaneo de especies arbóreas nativas. Es el caso de las imágenes que incluyo a continuación: arbolinos jóvenes destacando entre la cubierta de matorral, que a su vez ha crecido tras el fuego o el desbroce.


Si las especies arbóreas nativas son capaces de germinar y crecer (es decir, existe reclutamiento), como es el caso en la mayor parte de las zonas que recuerdo de La Cantábrica, habrá que pensar qué motivación tenemos para repoblar. Hay que recordar que acelerar la cobertura de especies arbóreas no hace necesariamente bosque. Estos son comunidades ecológicas, dependientes y resultantes del tiempo pasado de interacción entre las especies presentes, y las que estuvieron presentes en fases previas. Si hay reclutamiento natural, sabemos que podemos esperar el desarrollo de una comunidad forestal. Que la prisa no estropee lo que ya tienes.

Si no existe reclutamiento, algo impide que el bosque se asiente donde lo esperaríamos. Habrá que cuestionar entonces si el suelo sigue permitiendo el asentamiento de especies arbóreas; si no lo hace, las repoblaciones pueden fallar. Habrá que cuestionar si existe excesivo pastoreo y/o ramoneo, previniendo que las semillas germinadas lleguen a juveniles, alcanzando el tamaño suficiente para resistir el ramoneo. Y habrá que cuestionar cada cuanto le prenden fuego a la zona a repoblar, por razones obvias. Si sobra ramoneo o incendiarios, esos son los problemas a abordar.

Termino, que ya llega. Si tras cuestionar lo cuestionable prevalece la necesidad de repoblar con especies nativas, el que suscribe cuestiona la oportunidad de repoblar con pino albar. Por un lado, lo que sabemos de los pinares relictos de Pinus sylvestris, así como aquellos extintos localmente, es que en La Cantábrica son comunidades propias de fases tardías de la sucesión ecológica: los pinos aparecerían en zonas altas, menos atlánticas, en suelos ácidos, y acompañadas de determinadas condiciones de la comunidad forestal. No los vemos, no los he visto, en las etapas iniciales de la sucesión secundaria del bosque cantábrico. No los he visto reclutando en las vegas en las que ya no hay tanto pastoreo, o entre las Erica de grandas mil veces quemadas. Sí veo con especial frecuencia en esas condiciones abedules y rebollos (Quercus pyrenaica). El primero es un árbol particularmente tolerante a las perturbaciones de intensidad moderada, y un buen colonizador, impulsado por sus semillas frugales y ligeras. Por eso lo vemos cerca de las zonas humanizadas, y en las orlas supraforestales, donde otras especies ya aprietan los dientes. El segundo es capaz de crecer en las zonas que han soportado quemas repetidas.

Qué la prisa no descarte la historia natural.

Notas, referencias:
[1] Ejemplo: si los abedules colonizan naturalmente bien tras la perturbación en un territorio determinado, pueden naturalmente ser usados como elementos de restauración pasiva, o no intensiva. Habrá otras circunstancias en las que las aproximaciones más sencillas no sean posibles o convenientes.
[2] Clavero M, Delibes M (2013) Using historical accounts to set conservation baselines: the case of Lynx species in Spain. Biodivers Conserv 22:1691–1702.
[3] García Antón M et al (1997) New data concerning the evolution of the vegetation in Lillo pinewood (Leon, Spain). Journal of Biogeography 24:929–934.
Una revisión reciente recopila esos y otros muchos datos paleobotánicos: Carrión J (ed) (2015) Cinco millones de años de cambio florístico y vegetal en la Península Ibérica e Islas Baleares. Ministerio de Economía y Competitividad.
[4] Hay otras interpretaciones posibles para el nombre científico de los abedules cantábricos (e.g. Betula alba), e incluso para su identidad específica (Betula celtiberica).
[5] Rubiales JM et al.(2008) The Late Holocene extinction of Pinus sylvestris in the western Cantabrian Range (Spain). Journal of Biogeography 35:1840–1850.

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