Dejad por favor de "promover biodiversidad"

Al menos hasta leer primero en qué consiste eso de la diversidad biológica.

No sé qué pasa; parece que cuando toco un tema en clase, y digo aquello de “fijaros en el tratamiento habitual de tal concepto”, dichos conceptos habitualmente maltratados me presentan en súbita manifa la señal del pajarito.

Ayer tocó tratar en clase biodiversidad, contrastándolo con diversidad funcional, riqueza de especies, y la madre nodriza de todos ellos, diversidad ecológica.

Hoy me topo con una noticia que me llama la atención: tres colmenas de abejas melíferas, mantenidas en el tejado de Notre-Dame de París, sobrevivieron al incendio del año pasado. Prestan las abejas, presta la miel, y presta eso de la ganadería: mantenemos muy cerca y protegidos de las interacciones propias de la vida silvestre a animales seleccionados por su temperamento y tipo de producción. Y usar las vastas superficies de entramado de piedra y madera de los poblamientos humanos para producir alimentos, o para dejar sitio a otros seres vivos, es un avance necesario.

Dice la noticia, en The Guardian:

Las abejas melíferas urbanas, de la variedad Hermano Adam Buckfast, fueron desarrolladas por un monje benedictino en los años 20 por su suave temperamento. Las colmenas de Notre- Dame se instalaron en el techo de la catedral en 2013, como un gesto para promover la biodiversidad.

La diversidad biológica, de la cual el término biodiversidad es un atajo embarrado, comprende el número de especies, sí; pero también la abundancia relativa de cada especie. La equitatividad de la presencia de las distintas especies. Uno de los múltiples índices de diversidad disponibles dice:

índice de Simpson de diversidad ecológica.

En español, la diversidad aumenta con el número de especies, desde 1 hasta S, y aumenta también con el reparto equitativo de individuos entre esas especies.

Imagina una reunión aficionados al fútbol, aunque luego tengas que pasar por una reunión de fuboleros anónimos; dicha reunión está compuesta por diez sufridores del Sporting de Gijón, uno del Oviedo, y uno del Avilés, todos ellos con sus colores distintivos. Imagina ahora otra reunión, en la que hay 4 de cada equipo. La primera reunión incluye algunos valores deseables, pero es mucho menos diversa: los aficionados del Sporting dominarían la función de aficionar en dicha reunión.

A ver dejamos en paz la diversidad biológica, que se las apaña normalmente bien cuando dejamos martillos, motosierras y demás instrumentos GI Joe en el caseto de aperos.

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Reservorio, sumidero, reservorio; solo reservorio (de carbono)

Mario Quevedo, en Cantabricus
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No hace tanto, en mi sesgada percepción del paso del tiempo, escuchaba el sonido de fondo de un telediario. Oía algo así como “al paso del pelotón, el helicóptero de TV reveló la presencia de una plantación de mariguana en una terraza…”.

Seguro que las personas que tenían maría en el ático eran activistas contra la disrupción climática; igual que los que ahora dicen que las plantaciones de eucaliptos son sumideros de carbono. 

Y sí, las plantaciones de mariguana y las de eucaliptos pueden ser cultivos de crecimiento rápido, en los que el CO2 captado en la fotosíntesis supere al liberado en la respiración.

La imagen a continuación resume esa virguería biológica en la que las plantas, de mariguana, de abedul, o de avena silvestre, retiran carbono atmosférico (en verde) para construir tejidos a partir de hidratos de carbono (en rojo).

El crecimiento de las plantas indica entre otras cosas balance positivo de entrada de carbono en la ecuación de arriba. Es por tanto correcto pensar que son sumideros de carbono mientras crecen1.

Anteayer participábamos varias personas del ámbito académico en un coloquio organizado por la Consejería de Ciencia e Innovación de la administración asturiana. Durante el coloquio apareció otro término habitual en esto del carbono que queremos retirar de la atmósfera: reservorio. Es lo mismo que reserva o almacén, eh, pero suena más raro, cool. Al menos una intervención desde el público, puede que dos, asoció eucaliptos con sumideros, al parecer mucho mejores que los reservorios. Porque ante la prisa de la emergencia climática, será mejor retirar rápido, no solo almacenar. Esa viene a ser, entiendo, la idea que traslada el Consejero de Desarrollo Rural en la noticia de arriba.

En el coloquio, los reservorios mencionados eran los bosques maduros; prefiero no obstante usar bosques viejos por mayor precisión en el contexto europeo. Si te trasladas mentalmente a uno, verás quizás a tu alrededor grandes árboles, con troncos de un metro de diámetro o más, y superando los 20 metros de altura. En definitiva, mogollón de madera. Toda esa madera se formó a partir de la formulita de arriba, a partir del carbono – atmosférico en su día – y agua y sales minerales. Y aquel carbono que vagaba por el aire en formato CO2 se ha pasado 350 años secuestrado, reservado, en esos troncos.

Son sumidero y reservorio términos de los nuestros; buenos, meten carbono al bolso, y lo retiran por tanto de la suma que acumula un gas de efecto invernadero en la atmósfera. Son de hecho complementarios: para que un cultivo o bosque reserve debe acumular primero, debe ser primero sumidero. Algunos ámbitos retienen la confusión2,3 de “bosque viejo = mero reservorio”, pero eso queda para otra ocasión.

Volviendo a la mariguana, ¿cual es el uso que se te viene a la cabeza para dicho vegetal? Sí, el mismo que a mí. El sumidero aquel del cultivo de mariguana deja de serlo cuando la tropa se la fuma. El sumidero de carbono de la plantación de Eucalyptus – ese género de plantas nativas de Oceanía, y cultivadas para la producción de papel – deja de serlo cuando ENCE hace lo suyo; cuando recorre la ecuación de arriba de derecha a izquierda, oxidando materia orgánica y emitiendo CO2.

Permitir en un territorio plantaciones de eucaliptos para que una industria papelera haga lo que su nombre indica es una decisión política discutible, pero para eso están los responsables de tomar decisiones. Trasladar al público que plantar eucaliptos es una respuesta a la emergencia climática por ser sumideros de carbono es – en el mejor de los casos – una equivocación llamativa.

Notas, referencias
1- Más allá de los héroes en blanco y negro que cantaba Johnny Cash, las cosas son complejas, y las afirmaciones rápidas y sin números pueden ser engañosas. Por ahí se cuelan las trampas, claro. En los cálculos de retención vs. emisión entran también las partes subterráneas de las plantas, y se combinan escalas temporales varias.
2- Luyssaert S, Schulze E-D, Börner A, et al (2008) Old-growth forests as global carbon sinks. Nature 455:213–215. https://doi.org/10.1038/nature07276.
3- Stephenson NL, Das AJ, Condit R, et al (2014) Rate of tree carbon accumulation increases continuously with tree size. Nature. https://doi.org/10.1038/nature12914

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No es material de celebraciones

Mario Quevedo, en Cantabricus

A muchas personas les gusta celebrar cosas rodeadas de flores; no cuento nada nuevo. En cambio sí es nuevo para mi que se haya puesto de moda casarse bajo Plumeros de la Pampa. Y ya sabéis, la moda en manos del individuo alcanza a menudo categoría de religión.

Cortaderia selloana y sus espigas

Cortaderia selloana, el Plumero de la Pampa, es una especie alóctona en Europa. Eso no tiene per se nada de especial; los de Gijón somos alóctonos en Logroño y aun así nos sirven vino. Sin embargo, resulta que Cortaderia es además invasora: forma poblaciones fuera del contexto de jardinería del que proviene en Europa. Eso quiere decir que es capaz de establecerse en lugares en los que previamente se establecían plantas locales. Esencialmente eso preocupa porque tiende a reducir la riqueza de especies de plantas, pudiendo incluso provocar la extinción local de alguna.

Como muchas plantas invasoras, es una especie que se dispersa fácil y lejos, buena colonizadora de esos hábitats roturados por obras y manejos varios. Precisamente su plumero es el instrumento de dispersión, moldeado por la evolución para producir cantidades ingentes de semillas ligeras, que el viento llevará cerca y lejos.

Cuanto más lejos, menor probabilidad de asentamiento de la especie invasora. Cuanta más cobertura vegetal local, menor probabilidad de asentamiento de la especie invasora. Cuanta menos roturación y segadora, ídem. Por favor, no metáis bodas y celebraciones en el lote de “más probabilidad de asentamiento de la especie invasora”.

Y si no es por simple sensibilidad, que sea por respeto a las reglas del juego; esas que se publican en el BOE.

Notas, referencias:
[1] El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) ha publicado un libro de acceso libre sobre invasiones biológicas (enlace al final de esa página). Uno de los ejemplos o casos de estudio es Cortaderia en la Cornisa Cantábrica.

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No mentéis biodiversidad en vano

No hace mucho asistíamos en Asturies, epicentro del norte donde nada está claro, a la enésima reedición de la discusión “qué hábitat es más diverso”. Concretamente la polémica giró alrededor de los “prados de siega”, y su “biodiversidad”.

Las comillas se deben a que ambos conceptos contienen mucho más de lo que enseñan.

No, digo mal. En realidad no leí nada sobre la riqueza de especies propia de ningún hábitat. Tampoco leí nada concreto sobre la especial historia natural de lo discutido. Solo el típico atajo de que hay que conservar un hábitat fruto del manejo – es decir de perturbaciones antrópicas frecuentes – porque es “muy biodiverso”. En este caso las amenazas a ese hábitat tan biodiverso no parecían venir de la disrupción climática, ni de los modelos socio-económicos adversos; venían como manda la tradición astur de la maleza, que se come la bueneza. Ese ese un pensamiento muy normal, de esos que a nada que te descuides te dejan en el extremo de la distribución. Te dejan radical.

Es este un tema recurrente en el Norte, al menos. Y no lo vamos a cambiar fácilmente. Hace ya bien de años, me invitaban a dar una charla en una reunión de bichólogos, en un espacio protegido. La charla tenía que ser una especie de presentación de lo que dichos bichólogos podrían esperar de los hábitats del espacio protegido. Pero como yo daba la charla en modo “difusión por amistad, gracias”, hablé de más cosas. El caso es que uno de los asistentes, si no recuerdo mal responsable de conservación en la administración astur, me dijo aquello de que “lo que está en peligro son los praos, no los bosques”. Y me lo dijo seguramente convencido de que no había oído nunca el argumento, y necesitaba una epifanía que me bajase de la dichosa torre de marfil. Y me lo dijo tras mostrar en mi charla la magra cobertura forestal remanente en el espacio protegido.

Dejo a continuación, y que los gurús del copirrait me perdonen, una tabla que resume lo que sabemos colectivamente (i.e., ciencia) sobre la dinámica de los ecosistemas, ese proceso de cambio constante de los hábitats naturales que en ecología llamamos sucesión. Es verdad que también hace bien de años un presunto y conocido zoólogo comentó un texto mio con algo como “eso de la sucesión está muy superao, ¿no?”. Sí, casi tanto como “evolución”, al parecer.

Después de repasar eso que sabemos colectivamente podemos volver a discutir sobre riqueza de especies. Biodiversidad es un concierto demasiado vago para ser útil. Podemos discutir sobre sucesión ecológica, hábitats primarios, secundarios, fases tardías, tempranas. Podemos discutir si, quizás, la supresión de ciertas perturbaciones naturales conlleva que determinados hábitats sean más raros de lo esperable. Incluso podemos volver a pedir que las administraciones se ocupen de medir y seguir en el tiempo esa riqueza de especies. Digo, para tener algo que discutir al salir del chigre.

Nada más lejos de mi intención que añadir problemas a los hábitats secundarios o paisajes culturales que tantos quieren (queremos) conservar. Bastaría con llamar a las cosas por su nombre, y decir que los queremos conservar porque nos gustan, porque nos pagan, o porque nos da la gana. En ese caso discreparemos a veces sobre la oportunidad de insistir o no en esa conservación. Pero no mentaríamos diversidad de especies en vano, evitando así contribuir a la apabullante desinformación que nos rodea.

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