La Ecología y el “Invierno Demográfico”

O al menos la Dinámica de Poblaciones, y la “crisis de la natalidad”.

Y es que Ecología debería ser una asignatura troncal en todos y cada uno de los cursos formativos impartidos. Así, cuando la chiquilla dice que tira por latín y economía en 4º ESO, sabrías que para tranquilidad global eso implica que también llevaría un semestre, al menos, de Eco. Lo mismo cuando el guaje dice que quiere ser batería de jazz1. Me explico:

Hace algún tiempo que observo al sector político-gestor, y al mediático, preocupados porque hay poca gente. Y de esa preocupación surgen términos más o menos viralizables, como el fantástico “Invierno Demográfico”, o los menos épicos pero igualmente dramáticos “Crisis de Natalidad”, “Crisis de Despoblamiento”.

Tiendo a pensar que la preocupación de las personas a las que leo o escucho se refiere a su municipio, o su localidad. Así y todo, ese matiz no suele aparecer explícito, al menos en lo que la prensa recoge. Supongo que matizar “Invierno Demográfico” con “en Gijón” o “en Candamo” reduce la potencial viralidad.

Ya que estamos, ojo con perseguir viralidad, que te calza mascarilla y torondas en las fosas nasales.

Disculpas, que me despisto. Supongo que las referencias a demografía desfavorable en las mentes de la capa política se refieren a patrones locales, ya que en términos de población humana, no se sostiene. 7.900 millones de personas, 10 millones arriba o abajo, según escribo esto; y sumando.

https://population.un.org/wpp/Graphs/Probabilistic/POP/TOT/900

En todo caso, tiremos de Ecología y Dinámica de Poblaciones. La ecuación básica de la dinámica de poblaciones, suficiente para el nivel de esa Eco troncal y transversal, sería una mera formulita:

N = B – D + I – E

Y se leería “el tamaño de la población (N) aumenta con el número de nacimientos (N) e inmigraciones (I), y disminuye con el número de muertes (M) y emigraciones (E). Alguna vez bromeaba en clase que ya lo clavó Julio Iglesias cuando gano el Festival de Benidorm. Pero la propia dinámica de poblaciones hace que el alumnado tienda a desconocer a Julio Iglesias. O incluso a Quini – ya ves que es crítico establecer esa Ecología transversal.

Con esas nociones básicas de dinámica de poblaciones la cuestión es conceptualmente simple. Tienes dos formas de alcanzar la “Primavera Demográfica”: una es maximizar B, poniendo a la tropa a tener más descendencia. Otra es maximizar I, trayendo personas de otros lugares. Y sin embargo cuando leo sobre estas cosas a los responsables de políticas públicas, representantes sindicales, e incluso profesionales del ámbito socio-económico, la I de la formulita no suele aparecer.

Y me dirás que es que maximizar I es complicao2, o que la inmigración diluye las características de la población local. Sí, y en Dinámica de Poblaciones te habrían explicado que eso ocurre si la natalidad de la población local da síntomas de no funcionar como antaño. En todo caso, lo que sí es complicado es lograr que la población local tenga más descendientes por hembra, criándolos con éxito al menos hasta el estadio juvenil3. En Ecología le decimos a eso “incrementar el reclutamiento”. Y en la Europa Occidental incrementar N humana a partir de B implica obtener al menos 2.1 descendientes por cada mujer, alcanzando estos a su vez la edad adulta.

El caso es que en la historia de la Humanidad ha visto, ve, líderes que entendieron la formulita básica de la dinámica de poblaciones. Al fin y al cabo invadir un país implica en principio incrementar la I local, y las limpiezas étnicas implican incrementar M, o cuando menos E (ambas locales), normalmente referidas a un sector de la población.

Sostengo que conocer N = B – M + I – E es útil para dejar de leer y escuchar despropósitos sobre demografía humana, y ese conocimiento no implica incurrir en las atrocidades del párrafo anterior.

Partiendo de la formulita, podemos discutir por qué el discurso político dominante tiene un nivel tan bajo. Otro día.

Podemos discutir que para poder maximizar N a través de maximizar I hace falta que esas personas inmigrantes puedan tener una ocupación. Y estaríamos discutiendo entonces en serio: ¿cuál es el problema al que alude el “Invierno Demográfico”? ¿el declive de la población humana, o el de la “caja de las pensiones”? El primero no existe todavía. El segundo debería tener arreglo entre los profesionales de lo socio-económico, si es que lo son.

1 – Recuerda trabajar tu cara de poker por si ese momento llega
2 – “Complicado“ no existe.
3 – Entiendo que actualmente en España eso implica al menos 20 años de inversión parental.

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Plantas y estructura

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 2 min.

Las plantas son los seres vivos responsables de la fotosíntesis en medios terrestres. Pienso que eso es de dominio público. Son por tanto responsables de ese proceso que retira carbono de la atmósfera, lo incorpora a los tejidos vegetales, y devuelve oxígeno. Esos tejidos vegetales nos los zampamos todos.

No tengo claro que sea tan apreciado el papel de las plantas como creadoras de estructura. Su capacidad de aportar la tercera dimensión, esa que necesitamos por ejemplo en las casas para almacenar cosas (No; no toda esa morralla. Debes reciclar esos apuntes de haz 30 años). Mejor dicho, pienso que es de dominio público que los árboles aportan estructura, y sombra, a la tropa. La cosa se pone peor cuando hablamos de plantas leñosas de menor porte, sin rendimiento económico inmediato. Y ya acechan amenazas informes, peores incluso que las deformes, cuando se trata de herbáceas vivaces. Sí, esas que te crecen donde quieren, cuando quieren.

Al grano: ayer salía dispuesto a retirar flores “pasadas”. ¿A qué fin, manín? Nada, capricho: me gustan las flores, y decía una dama en YouTube el otro día que así promovería más floración. Al arrimarme a una, me encuentro con un par de abejas alojadas entre los pétalos.

Y ahí estás tú, con la tijera de podar, resolutivo e hipertrófico (recién desayunao); y las bichas esas mirándote en plan Really, George?

Podría haber más abejas en esa flor, no miré mucho más. De las 8 o 10 flores cercanas, al menos 6 contenían más abejas como las de la foto. Son abejas solitarias1, creo que del género Halictus. Bichos muy guapos, y nada escogidos a la hora de decidir de qué plantas cogen polen y néctar, y por tanto que plantas polinizan. Entre las plantas que usan las Halictus están, por ejemplo, las de las coles.

El caso es que eso que aprovechan estas abejas es estructura. Desde las secuoyas que aparecen por algún noticiario estos días, a los recovecos de la minúscula flor de la verbena, las plantas aportan también refugio. Y es que en el campo, ademas de comer, hay que pasar la noche, descansar un rato, esconderse del jefe, producir más abejas, etc.

Esa estructura, ese refugio que aportan las plantas, las silvestres incluso más que las del capricho del autor de la foto, son imprescindibles para que los paisajes que usamos sigan albergando fauna. Es decir, para conseguir eso de “preservar la biodiversidad”, que aparece en eslóganes por toda la estructura tridimensional del espectro político; normalmente cerca del “quemar biomasa”.

Eso sí, la estructura es democrática. Para todos los gustos. En la flor adyacente, realmente “pasada”, esperaba, como solo las arañas saben esperar, una araña cangrejo. Sacan el jornal precisamente de capturar los insectos que visitan las flores; aprovechando velocidad y camuflaje, y paciencia.

Si la araña no te parece particularmente camuflada, piensa que igual las abejas no ven los colores y las estructuras como nosotros. También puede ser que la araña estuviera de vacaciones.

En todo caso, flores, abejas, y arañas han llegado hasta aquí como consecuencia, entre otras cosas, de las interacciones mantenidas por sus ancestros con otras flores, otras abejas, y otros predadores. Sobre el escenario de la estructura.

1– A diferencia de la abeja melífera, o de las hormigas, que son insectos muy sociales, con colonias compuestas por individuos con distintas funciones, la inmensa mayoría no reproductores.

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Para siempre no es renovable

Leo en La Nueva España1 un texto sobre parques eólicos en construcción. Se titula «La obra faraónica que hará que los eólicos conquisten el occidente de Asturias«

Aunque pongo el enlace, lo hago a disgusto porque a) el contenido está sujeto a suscripción previa, y b) es un reportaje muy parcial, no un texto periodístico2.

Entiendo que es bastante intuitivo que los parques eólicos generan impactos variados, como es de esperar en líneas generales de grandes infraestructuras extractivas. No hace mucho apuntaba algunos impactos especialmente próximos a mi ámbito profesional en un texto para The Conversation; como contiene bastante información de fuentes originales, no me extiendo.

Los impactos previstos, así como los no declarados, están generando respuesta social. Dejo a continuación un ejemplo de respuesta genérica a impactos sobre la diversidad biológica, otro de respuesta local, y un tercero abordando los sesgos en costes y beneficios de la implantación. Esas respuestas sociales toman también forma en posicionamientos colectivos, de los que he leído varios recientemente.

Dado lo mucho que sabemos sobre la complejidad de sustituir combustibles fósiles por fuentes energéticas alternativas, y lo mucho que sabemos del historial especulativo en España, me llama la atención especialmente la frase con la que arranca la noticia:

La construcción de los parques eólicos Cordel-Vidural, Capiechamartín y Panondres sobre terrenos de Tineo, Valdés, Navia y Villayón avanzan a buen ritmo, cambiando para siempre este paisaje de alta montaña del Occidente asturiano.

Y me pregunto, ¿si cambia el paisaje para siempre, como van a ser renovables esas energías?

Tienes razón, en realidad no me lo pregunto. La fuente de energía eólica es renovable siempre y cuando no cambien los vientos. La implantación de infraestructuras masivas no lo es, y la extracción de esa energía tampoco.

Sí me pregunto honestamente si la evaluación de impacto ambiental preceptiva tuvo en cuenta ese para siempre. Quiero decir, eso es mucho tiempo, eh, mucho impacto.

Sí me pregunto si la evaluación de impacto ambiental tuvo en cuenta que, cito de la noticia de LNE,

Para hacer este desarrollo, hasta la fecha fueron necesarias 44.000 toneladas de hormigón, 1.800 toneladas de acero estructural y 95.000 toneladas de zahorra artificial. También se han construido 34 kilómetros de nuevos viales y se han acondicionado 15 kilómetros de caminos.

Me acordaba al leerlo de Asterix y Cleopatra, «la mayor aventura jamás dibujada».

Me pregunto también si será detallado el plan para evitar el impacto posterior de esa red de viales sobre el ya muy fragmentado territorio del NO español en general, y de Asturias en particular. Si habrá tenido en cuenta el impacto de la extracción masiva de minerales necesaria.

Preferiría claro está no tener que preguntar tanto, teniendo la seguridad de que la implantación de nuevas fuentes energéticas está siendo tutelada de cerca por el poder público.

Y prefiero casi siempre leer versiones balanceadas de las historias. Para todo lo demás, Tolkien.

1- Diario que posiblemente se mantenga como el de mayor circulación en Asturias, si bien hace años que no lo compruebo.

2- Recoge información y opinión transmitida por una gran firma comercial, y no recoge otras consideraciones que – entiendo – llaman la atención inmediatamente, y que dibujan un escenario complejo.

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Los bichos no respetan el confinamiento

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 4 min.

No se me olvida. Verano, en un lugar de Escandinavia, en la terraza de un café. Se posó en el metro cuadrado de mesa adyacente un carbonero común. Parus major, les decimos a esos pájaros en la lengua común de la nomenclatura taxonómica; aquí y en China. Y aquel carbonero dio cuenta de las miguitas que por allí había, sin prestar mayor atención al voluminoso mamífero próximo. Es verdad que los carboneros comunes son aves bastante descaradas; no obstante, para los que crecimos en una ciudad española la escena no es habitual.

Pocas especies animales se permiten el lujo de acercase a ti. Incluso cuando te pones el conjunto “explorador” para dar un paseo por el campo, los vertebrados se acercan poco; los mamíferos apenas se ven. Durante el periodo extraordinario que vivimos en buena parte del mundo, en forma de pregunta “¿En serio, Antropoceno?”, leemos aquí y allá noticias de avistamientos de fauna salvaje en zonas particularmente pobladas. O al menos en zonas donde no se esperaban. No, los bichos no respetan el confinamiento.

Una posibilidad a tener siempre en cuenta es que no hayan cambiado especialmente los patrones de comportamiento de los animales, y sí los de las personas que ahora los ven. A ver quién se tiraba más de doce horas pendiente de la ventana antes del trance. Dejo aparcada ahí, al lado de las ideas, esa posibilidad.

Hay al menos dos razones por la que los animales pueden dejar de lado la precaución y acercarse a los humanos más de lo habitual. Y no son necesariamente independientes. El hambre es una de ellas, intuitiva pensando en nuestro propio comportamiento. La percepción del riesgo es otra.

¿Por qué nos temen los animales? Esencialmente porque el atrevimiento se paga caro ante las causas de mortalidad a manos del hombre: los más atrevidos mueren primero. Recuerdo aquel experimento en el que los genotipos de peces de crecimiento rápido y comportamiento audaz picaban tres veces más rápido que lentos y tímidos. Y es que las poblaciones de animales no humanos presentan también importantes diferencias individuales. Si los menos atrevidos consiguen adquirir suficiente energía, podrán usar parte en reproducirse. Sean lubinas o carboneros. Y trasmitirán a sus descendientes la parte hereditaria de su comportamiento prudente. Por eso, si la presión de pesca, caza, u otra fuente de mortalidad asociada al hombre es suficientemente importante, podemos esperar cambios progresivos en las poblaciones formadas por los que sobreviven: urogallos más esquivos, osos más nocturnos.

¿Por qué temen menos en determinadas ocasiones? Un determinante a tener siempre en cuenta al estudiar la naturaleza es que la energía disponible no es infinita. Tampoco se transmite eficientemente cadena trófica arriba. La limitación energética implica que la energía que los animales dedican a guardarse de enemigos no la pueden emplear en alimentarse, crecer, defenderse de las enfermedades, o reproducirse. Los terrenos que deciden evitar por precaución pueden albergar fuentes importantes de energía y nutrientes, que dejan entonces de estar accesibles. Es esperable por tanto que cuando perciban menos peligro – o pasen más necesidades – rebajen el nivel de precaución. Es entonces cuando vemos de nuevo a algunos individuos de la población. Los más atrevidos, los más hambrientos, o los resultantes de combinar personalidad y necesidad.

Algunos de esos cambios en el comportamiento animal los tenemos culturalmente interiorizados; los animales deben permanecer “en su hábitat”. Incluso científicos y técnicos usamos términos para identificar individuos que se saltan el confinamiento permanente, antropocénico: hablamos por ejemplo de osos o lobos “habituados”, cuando algunos individuos se dejan ver cerca de asentamientos humanos. Y rápidamente retomamos en esos casos la presión selectiva, tomando medidas contra esos individuos, entre otras cosas porque nos extraña su comportamiento.

Sin embargo esas consideraciones son culturales, no biológicas. ¿Debe un animal salvaje mantener por defecto la distancia a nosotros, y a la vez seguir mereciendo el calificativo? Si dejamos de representar una amenaza, no. Se me viene a la cabeza aquello que escribía Gordon Haber, biólogo excepcional y poco dogmático, tras muchos años estudiando el comportamiento de los lobos en Alaska: el comportamiento inquisitivo alrededor de humanos esta mucho más cerca de lo «natural» y «salvaje» que el miedo y la cautela.

Más allá de consideraciones culturales sobre el comportamiento animal, en las partes más transformadas y habitadas del planeta los animales que quedan permanecen confinados en hábitats donde tienen difícil adquirir suficiente energía para sostenerse. Incluso aquellas reservas que percibimos como grandes logros conservacionistas son poco eficientes, y están sometidas a fuertes presiones. Merece entonces la pena recordar que las poblaciones de animales, con sus individuos más atrevidos y más tímidos, responden al riesgo real o percibido. Especialmente en animales que han sufrido explotación histórica, la presencia humana se percibe peligrosa, por amigable que sea la intención actual. Y tiene costes para el bienestar de esas poblaciones.

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