En los pinos

Mario Quevedo, en Cantabricus
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“En los pinos”, In the pines, es un parte del folclore norte-americano. Leo que es una de las canciones con más versiones conocidas, lo cual no es extraño si sabemos que la pieza aparece ya reconocible en la primera mitad del siglo 19. Una de las versiones más recientes, al menos para una aproximación casual como la mía, es la interpretación desgarrada de Kurt Nirvana Cobain, aquel día, desenchufado.

Y es que eso de “en los pinos” suena muchas veces oscuro e incierto como la letra de la canción americana, también aquí en la fachada atlántica de Iberia. Tanto si hablamos de Pinus pinaster como de Pinus sylvestris, suele haber follón.

¿Son esas especies de aŕboles parte del paisaje natural de la Cordillera Cantábrica?

Mi interés en la pregunta se basa en la búsqueda de referencias en conservación y, sobre todo, restauración. Tiene que ver con la idea de naturalidad, entendida como ausencia de influencia humana reseñable, no por caer en falacias o simplificaciones tipo “natural bueno, artificial malo”, sino por parsimonia: naturalidad como convención, método, y primera aproximación a la restauración de ecosistemas1.

Prejuicios por delante: P.sylvestris es un árbol fantástico, al que los nombres comunes no hacen justicia.

Le decimos, entre otras cosas, pino albar en Español, cuando no es particularmente albo; le dicen Scots Pine en inglés, pero ni los pinos son solo de Escocia, ni está esa tierra particularmente sobrada de ellos. Al menos no de individuos viejos y nativos de P. sylvestris. Algo parecido ocurre en La Cantábrica: la inmensa mayoría de las coníferas que verás son plantaciones, esencialmente con vocación maderera. P. sylvestris se incluye entre esas plantaciones, junto a especies obviamente alóctonas como el californiano Pinus radiata, o Pino de Monterrey.

Es cierto también que no siempre es fácil eso de etiquetar como autóctono / alóctono. Para establecer la referencia interna de este texto y no caer en más equívocos de los necesarios, fijaré un primer filtro “nativo” a especies que hayan llegado por sus propios medios al territorio, y puedan contar una historia ecológica – y quizás evolutiva – común a la de otras especies del lugar. Algo así como el primer filtro en la construcción de comunidades ecológicas, si es que aceptamos su existencia. Algunos ejemplos: el león Panthera leo, el reno Rangifer tarandus, y el pino negro Pinus uncinata.

Aplicaré un segundo filtro para delimitar mejor el contexto de discusión: quedan en el conjunto “nativo” aquellas especies cuya extinción local en La Cantábrica haya sido obviamente mediada por la expansión humana. Tras aplicar ese segundo filtro, una especie nativa pero extinta podría ser el lince euroasiático, Lynx lynx2. Un patrón similar habría seguido en su día el Castor Castor fiber, presente de nuevo en el norte de España tras una reintroducción extraoficial, similar a la de varias especies cinegéticas.

Y un tercer y último filtro para definir ese conjunto “nativo”: especies que no han dejado de estar presentes en La Cantábrica desde el final de la última glaciación, sin que en esa permanencia haya mediado aparentemente la mano humana. Pinus sylvestris, por ejemplo.

Contamos con ciencia y técnica para saber cosas sobre la distribución prehistórica de las plantas: una de ellas, el estudio de testigos de sedimento a la búsqueda de polen fósil, junto con la datación química de esos sedimentos. A partir de esos testigos, los paleo-botánicos te dicen si hace 5000 años había polen de pino en la zona de interés. O si lo había hace 500, cuando la historia no se ocupaba todavía de la mayor parte de especies de plantas y animales. Te dicen también qué porcentaje del polen total correspondía a especies arbóreas, y qué porcentaje a herbáceas o matorrales, estableciendo pistas útiles para interpretar si el territorio estaba más o menos cubierto de bosque en un momento concreto de su (pre) historia. Y te dicen también cuándo son patentes los indicios de manipulación humana de la cobertura vegetal, a partir por ejemplo de la presencia notable de cereales. Vamos, que no callan si les das la palabra.

Me tomo la licencia de extraer en la figura a continuación parte de uno de esos estudios3, correspondiente al Pinar de Lillo (1360 m s.n.m, Puerto de las Señales, León; eje de la Cordillera, muy cerca de Asturias):

El eje vertical indica años antes del presente. El horizontal, porcentaje de polen. Los dientes de sierra de relleno negro sólido muestran la presencia y cambio de proporción relativa de dos especies importantes en la zona, antes y ahora: el abedul, Betula pubescens4, y el pino albar Pinus sylvestris. Muestran por tanto un periodo de clara reducción marcada de la proporción de pinos en el Pinar de Lillo entre 800 y 200 años antes del presente, acompañada por un incremento en la proporción de abedules, especie capaz de medrar ante perturbaciones moderadas. Muestran también recuperación gradual posterior del pinar tras el cese de la perturbación, antropogénica en este caso.

El pino albar es nativo de la Cantábrica. Poca duda habrá además de que es una especie relicta, restringida su distribución a un par de localidades. Esa condición “relicta” es consecuencia del cambio gradual de las condiciones climáticas desde la última glaciación, y de la sobre-explotación. Entiendo que de no mediar esa sobre-explotación prehistórica, veríamos pinares de P. sylvestris en algún alto más de La Cordillera5. Eso sí, insisto, en los altos más altos, y con suelos particularmente pobres y ácidos.

Vuelvo al contexto de la restauración ecológica, y a la discusión sobre si repoblar montes con pinos, recurrente por mis lares del noroeste. En una lectura parcial de las opiniones de partidarios de dichas repoblaciones, percibo al menos dos motivaciones: la primera, interés maderero, explícito o velado, por repoblar con una especie de crecimiento rápido en comparación con las frondosas nativas. La segunda motivación estaría basada en urgencias de conservación, y podría usar similares argumentos sobre crecimiento relativamente rápido para incrementar la cobertura forestal en La Cantábrica. No le dedico más texto a las motivaciones de tipo comercial o productivo para pedir más pinos albares en La Cordillera; tendrían que ser discutidas en un contexto de sostenibilidad y ordenación de territorio, no en uno de conservación.

Me interesan más las idea de “pinos y conservación” y “pinos y restauración” en La Cantábrica. Partimos de que la cobertura forestal es inferior a la natural en la Cordillera. El grado de fragmentación de esa cubierta forestal es alto, produciendo un paisaje de grano fino, en el que no hay grandes extensiones de bosque continuo. Tampoco hay grandes extensiones de sus sustitutos tras las perturbaciones, los matorrales de brezos y escobas. Ante esa situación, una opción de restauración frecuentemente repetida es incrementar la superficie forestal y mejorar la conectividad con repoblaciones de especies arbóreas. Algunas opiniones dicen “pinos” como candidatos para esas repoblaciones: te sitúas en un brezal, metes la maquinaria pertinente, y repueblas con juveniles de Pinus sylvestris. Y lo haces porque los pinos albares son nativos en la zona. Quizás lo haces también porque pudiera ser que los pinos crecen rápido, y tienes urgencia de conservación. Suena razonable, pero me suena también cuestionable (cuestionar es saludable, eh, aunque incordie). Que una especie sea nativa en un territorio definido de forma laxa como las zonas altas de La Cantábrica no quiere decir que crezcan en cualquier sitio dentro de ese territorio; mucho menos quiere decir que crezcan mejor o antes que otras especies en ese sitio. Intento explicarme a continuación.

Por un lado y antes de usar dineros públicos en repoblaciones debemos comprobar si existe reclutamiento espontaneo de especies arbóreas nativas. Es el caso de las imágenes que incluyo a continuación: arbolinos jóvenes destacando entre la cubierta de matorral, que a su vez ha crecido tras el fuego o el desbroce.


Si las especies arbóreas nativas son capaces de germinar y crecer (es decir, existe reclutamiento), como es el caso en la mayor parte de las zonas que recuerdo de La Cantábrica, habrá que pensar qué motivación tenemos para repoblar. Hay que recordar que acelerar la cobertura de especies arbóreas no hace necesariamente bosque. Estos son comunidades ecológicas, dependientes y resultantes del tiempo pasado de interacción entre las especies presentes, y las que estuvieron presentes en fases previas. Si hay reclutamiento natural, sabemos que podemos esperar el desarrollo de una comunidad forestal. Que la prisa no estropee lo que ya tienes.

Si no existe reclutamiento, algo impide que el bosque se asiente donde lo esperaríamos. Habrá que cuestionar entonces si el suelo sigue permitiendo el asentamiento de especies arbóreas; si no lo hace, las repoblaciones pueden fallar. Habrá que cuestionar si existe excesivo pastoreo y/o ramoneo, previniendo que las semillas germinadas lleguen a juveniles, alcanzando el tamaño suficiente para resistir el ramoneo. Y habrá que cuestionar cada cuanto le prenden fuego a la zona a repoblar, por razones obvias. Si sobra ramoneo o incendiarios, esos son los problemas a abordar.

Termino, que ya llega. Si tras cuestionar lo cuestionable prevalece la necesidad de repoblar con especies nativas, el que suscribe cuestiona la oportunidad de repoblar con pino albar. Por un lado, lo que sabemos de los pinares relictos de Pinus sylvestris, así como aquellos extintos localmente, es que en La Cantábrica son comunidades propias de fases tardías de la sucesión ecológica: los pinos aparecerían en zonas altas, menos atlánticas, en suelos ácidos, y acompañadas de determinadas condiciones de la comunidad forestal. No los vemos, no los he visto, en las etapas iniciales de la sucesión secundaria del bosque cantábrico. No los he visto reclutando en las vegas en las que ya no hay tanto pastoreo, o entre las Erica de grandas mil veces quemadas. Sí veo con especial frecuencia en esas condiciones abedules y rebollos (Quercus pyrenaica). El primero es un árbol particularmente tolerante a las perturbaciones de intensidad moderada, y un buen colonizador, impulsado por sus semillas frugales y ligeras. Por eso lo vemos cerca de las zonas humanizadas, y en las orlas supraforestales, donde otras especies ya aprietan los dientes. El segundo es capaz de crecer en las zonas que han soportado quemas repetidas.

Qué la prisa no descarte la historia natural.

Notas, referencias:
[1] Ejemplo: si los abedules colonizan naturalmente bien tras la perturbación en un territorio determinado, pueden naturalmente ser usados como elementos de restauración pasiva, o no intensiva. Habrá otras circunstancias en las que las aproximaciones más sencillas no sean posibles o convenientes.
[2] Clavero M, Delibes M (2013) Using historical accounts to set conservation baselines: the case of Lynx species in Spain. Biodivers Conserv 22:1691–1702.
[3] García Antón M et al (1997) New data concerning the evolution of the vegetation in Lillo pinewood (Leon, Spain). Journal of Biogeography 24:929–934.
Una revisión reciente recopila esos y otros muchos datos paleobotánicos: Carrión J (ed) (2015) Cinco millones de años de cambio florístico y vegetal en la Península Ibérica e Islas Baleares. Ministerio de Economía y Competitividad.
[4] Hay otras interpretaciones posibles para el nombre científico de los abedules cantábricos (e.g. Betula alba), e incluso para su identidad específica (Betula celtiberica).
[5] Rubiales JM et al.(2008) The Late Holocene extinction of Pinus sylvestris in the western Cantabrian Range (Spain). Journal of Biogeography 35:1840–1850.

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Descontrol del control (de poblaciones)

Mario Quevedo, en Cantabricus
Tiempo estimado de lectura: 8 min

“Control de poblaciones” es una expresión habitual, referida a una demanda o a una acción concreta de gestión de poblaciones salvajes. Me parece además una expresión trucada, basada en que parece sonarnos mejor que “descontrol de poblaciones”. Diría que en español “descaste” o “sacrificio” son términos bastante más ajustados al significado real.

En este texto pretendo darle alguna vuelta biológica al “control de poblaciones”. No será la primera vez; al menos otra vez intenté discutirlo con el foco puesto en los lobos, bestias que algún folclore sitúa permanentemente en el descontrol. Repasaré algún elemento que desaconseja la simplificación “control / descontrol”, usando como ejemplo los jabalíes, animales de moda en mi entorno atlántico. No obstante, las ideas subyacentes son generalizables a muchas otras poblaciones, aunque no necesariamente lo sean los detalles. Procuro además completar lo escrito recientemente sobre jabalíes y el control de poblaciones en Naturaleza Cantábrica, repitiendo lo menos posible.

Y escribir sobre esta especie se debe a que es habitual últimamente leer en prensa, en la misma frase, los términos “jabalí” y “plaga”. O “jabalí” y “daños”. Y es que chocar contra un marrano de 50 kilos con el coche provoca daños, al coche y al marrano. Puede ser que aumenten los incidentes porque aumente el número de jabalíes cerca de los coches, aunque habría que considerar también el aumento del número de coches cerca de los jabalíes. Se ven además jabalíes desde ventanas como la mía, a pesar de que dichas ventanas no dominan ningún paraje “abandonado”, de esos en los que las zarzas se conjuran para desmantelar la civilización. Incluso llegan a titulares y entradillas las advertencias de expertos de diversa índole sobre la capacidad de estos bichos de sembrar el caos en el cole de tu hija, o de la mía. “Suidos”, dice a menudo la prensa, porque así llamamos formalmente a los jabalíes en taxonomía zoológica. Y son suidos porque pertenecen a la familia Suidae, que incluye también a los cerdos domésticos; y a Pumba, el facocero sonriente de la peli de animación El Rey León. A continuación recopilo algunos aspectos de la historia natural de la especie1,2. Repasar la historia natural de los jabalíes sirve entre otras cosas para contrastar afirmaciones tipo “tienen mínimo 6 crías por hembra, y los cupos sólo te permiten tres bichos; multiplica, y ahí tienes la proliferación”. No, a diferencia de Pumba esa afirmación no es un dibujo animado.

Arkive photo - Wild boar family group in woods on track

  • Los jabalíes (Sus scrofa) son omnívoros, como cerdos, humanos y osos: obtienen alimento de varios niveles tróficos. Son especialmente hábiles a la hora de buscar y consumir frutos forestales, bulbos, tubérculos y hongos. Consumen también proteínas animales (caracoles, lombrices, micromamíferos, carroña). Como otros omnívoros, son especialmente capaces de aprovechar lo que nos sobra.
  • Son flexibles en la elección de hábitat. Necesitan refugio, lo que en su caso implica suficiente cobertura vegetal. Su omnivoría ayuda a que se las apañen tanto en hábitats primarios como secundarios, tanto en los bosques originales como en los mosaicos de sotos, cultivos, jardines y matorrales resultantes de la explotación de los mismos.
  • Son mamíferos sociales, especialmente las hembras. Las piaras son grupos de varias hembras con sus crías. Los machos abandonan esos grupos maternales al aproximarse a la madurez sexual; serán esencialmente solitarios a partir de ese momento, y buscaran a las hembras en época de celo (final del otoño, principio del invierno, dependiendo del territorio).
  • Los grupos matriarcales son mucho más sedentarios que los machos solitarios, que son los vectores de dispersión en la especie.
  • Los machos compiten por el acceso a las hembras, y los dominantes monopolizan las cópulas. Dicho de otra forma, en una población de jabalíes no todos los machos accederán a la reproducción en una temporada de celo determinada. Este tipo de estructura reproductora no es rara en la naturaleza; sin ir más lejos, los urogallos son también poligínicos.
  • Los partos tienen lugar en primavera, si bien el momento variará en función del territorio y la disponibilidad de alimento.
  • El tamaño de camada depende del tamaño de la hembra. El número máximo de crías es muy variable a lo largo del enorme rango de distribución del jabalí. En España y otras poblaciones europeas no suelen nacer más de 4 crías por parto.
  • El porcentaje de hembras reproductoras también depende del tamaño que hayan alcanzado al llegar la temporada de celo.

A pesar de que esa historia natural es bien conocida y accesible en el caso de los jabalíes y muchas otras especies, es habitual tratar las poblaciones de plantas y animales como cajas negras. O mejor dicho, como cajas de sidra: tantas bebes, tantas quedan. Pero a diferencia de las botellas de sidra3, las poblaciones de seres vivos pueden contener distintos tipos de individuos, que no necesariamente desempeñan las mismas tareas, ni contribuyen de la misma forma al cambio de la población en el tiempo. Machos, hembras; adultos, juveniles, crías; semilla, plántula, arbolín, arbolón; más grandes, más pequeños; más tímidos, más agresivos; reproductores, no reproductores; residentes, flotantes; hijos de mengana, hijas de zutano… Vista la historia natural de los jabalíes, coincidiremos en que encajan en un esquema de población estructurada.

Un parámetro importante en el estudio de dinámica de poblaciones es la tasa de crecimiento de la población, teniendo en cuenta la estructura de la misma. Una de las expresiones de dicha tasa de crecimiento se obtiene a partir de la relación entre el numero de individuos en el momento del conteo frente a los individuos en el conteo anterior. Esa tasa, habitualmente conocida como lambda o R, es fácil de interpretar: si es menor que 1, hay menos individuos en el conteo actual que en el previo, y la población decrece en ese intervalo de tiempo; si es mayor que 1, la población crece.

“Teniendo en cuenta la estructura”, decía arriba, y ahí empieza lo interesante. Ahí empieza también la razón por la cual las afirmaciones tipo chigre “tantos matas tanto los controlas” deberían ser evitadas, al menos una vez abandonado el recinto hostelero. Si conocemos algo de la estructura de la población, y sabemos también algo de su tasa de crecimiento, podemos preguntarnos qué sector de la población tendrá mayor influencia sobre la tasa de crecimiento. De estimar numéricamente esa idea de influencia parcial sobre la dinámica de la población se ocupa la elasticidad. Este parámetro se calcula “jugando” con los parámetros demográficos de un sector de la población sin modificar los del resto, comprobando entonces como cambiaría la tasa de crecimiento de toda la población. Así, podrías en principio saber qué sector es el más apropiado para llevar a cabo gestión, al ser el más determinante en la dinámica de la población. Por ejemplo, y en el contexto de querer “controlar”, te puedes preguntar qué reduciría más la tasa de crecimiento de la población de jabalís: matar hembras o machos adultos; matar hembras juveniles o hembras adultas4.

En principio y antes de empezar a tomar datos locales, tendrías razones para prever que la supervivencia de las hembras reproductoras sea especialmente importante en la dinámica de población de los jabalíes, así como de otros muchos vertebrados. No obstante, esas generalizaciones admiten mucha variación en función del ambiente, y de la explotación. En el caso concreto de los jabalíes, sabemos que la supervivencia de los adultos es especialmente determinante en hábitats más pobres, mientras que la importancia de la supervivencia de los juveniles en la dinámica de la población aumenta con la productividad del hábitat5. Una implicación de lo anterior es que el acceso de los jabalís a fuentes de alimentación suplementarias, i.e. de origen humano, influirá en la gestión de la población, especialmente si esta “extrae” adultos.

También sabemos que la propia presión cinegética determina qué sectores de la población son más determinantes para la dinámica de la misma. En una comparación entre poblaciones sometidas a distinta intensidad cinegética, la influencia de la supervivencia de los juveniles sobre la tasa de crecimiento (la elasticidad que explicaba antes) fue mucho mayor en la población sometida a caza intensa. El mismo estudio encontró que a mayor explotación menor tiempo de generación de los jabalíes (de 3,6 a 2,3 años)6, interpretable como la edad media de las madres en la población. Recapitulando, niveles elevados de mortalidad antrópica junto con recursos no limitantes aceleran el ritmo de la población de jabalíes, provocando reproducciones más tempranas.

Termino mencionando otro estudio que destapa algún mecanismo tras los patrones mencionados previamente: en poblaciones de jabalíes sometidas a fuerte presión cinegética tiene lugar un adelanto de las fechas de los partos7. Ese adelanto en los partos proporciona más tiempo de crecimiento a las hembras, facilitando que algunas crezcan lo suficiente como para reproducirse durante su primer año de vida (recuerda la historia natural de la especie: el tamaño es determinante tanto para que exista reproducción, como para el tamaño de camada).

Nada de lo expuesto aquí es particularmente sorprendente en el estudio de la dinámica de poblaciones estructuradas. No tener en cuenta la complejidad de las mismas, así como gestionar sin monitorizar las poblaciones antes y después de las acciones de gestión, puede implicar que determinadas medidas, percibidas como simples u obvias, tengan efectos no deseados.

Notas y referencias
1- Blanco JC (1998) Mamíferos de España vol. 2. Planeta, Barcelona.
2- Ballesteros F (1998) Las especies de caza en España. Estudio y Gestión del Medio, Oviedo.
3- Alguno dirá que no hay botella de sidra repetible, pero estaremos de acuerdo en que la sidra de la botella A no interacciona con la de la botella B hasta que alcanza el estómago del bebedor.
4- El eufemismo al uso sería “extraer”, pero los jabalís y cia. no se “extraen” vivos así como así.
5- Bieber C, Ruf T (2005) Population dynamics in wild boar Sus scrofa: ecology, elasticity of growth rate and implications for the management of pulsed resource consumers. Journal of Applied Ecology 42:1203–1213.
6- Servanty et al (2011) Influence of harvesting pressure on demographic tactics: implications for wildlife management. Journal of Applied Ecology 48:835–843.
7- Gamelon et al (2011) High Hunting Pressure Selects for Earlier Birth Date: Wild Boar as a Case Study. Evolution 65:3100–3112.

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Tirar a lobos en batidas de jabalí difumina los semblantes

Mario Quevedo, en Cantabricus

Al menos eso parece desprenderse de una noticia publicada en medios asturianos: “Matan dos lobos dentro de una batida de jabalíes“, titulan, acompañando el texto por una imagen de los especímenes. Dicha imagen (animo a usar el enlace previo) no aportaría novedad alguna de no ser porque las caras de los individuos implicados aparecen pixeladas.

Ya sé que esto de pixelar caretos no es particularmente nuevo en la prensa digital actual. No obstante, el que suscribe no lo había visto en el contexto de una batida de caza. La prensa regional sigue produciendo – creo que los domingos – páginas cubiertas de individuos que posan satisfechos para la foto, sin difuminar su presencia en los lances cinegéticos. Cierto es que satisfechos igual estaban también esos que en Teverga sujetan los cadáveres de los lobos, pero no termino de ver el enfoque de posar para una foto para difuminarte después.

¿Será que el lance no era cinegético? Los lobos en Asturias no lo son.

Simultáneamente leía en prensa al Vice-Consejero astur del ramo – Benigno Fernández Fano – cargando otra vez contra “los ecologistas”, que son unos pesaos que no quieren llegar a acuerdos. Parece que se enfada el Vice-Consejero porque no guste esto de matar lobos porque su gobierno lo decide. Y sabemos que se enfada porque los Vice-Consejeros salen en prensa fácil.

Una interpretación posible de sus palabras, diría que la perseguida, es que los ecologistas son malos; fuinos. Me pregunto no obstante como de acólito hay que ser del partido de dicho alto cargo para tragarse semejante manipulación.

No creo polémico afirmar que los ciudadanos no tenemos por qué acordar nada con los que gobiernan, mal o bien. Al menos no en los vacíos de participación entre convocatorias electorales. Sin consultarlo con ecologista alguno, tiendo a pensar que los ciudadanos y las ONG que los agrupan expresan su opinión libremente, mientras que los gobiernos toman las decisiones políticas que creen convenientes. Las toman, y se las quedan, apechugando con lo que opinemos sobre esas decisiones. Cobran dinero público para decidir, sí, y para apechugar, también. Así, si el PSOE en Asturias decide que en batidas a una especie cinegética se puede matar otra especie que no lo es, sin trabajar los trámites parlamentarios necesarios, tendrá que asumir que pierde unos votos mientras busca ganar otros. Pierde cuando menos los votos de los que consideramos que los gobiernos no deben buscar agujeros normativos para deslizar decisiones políticas.

Me olvidaba del pixelado; difuminar es lo que tiene. El caso es que me sigo preguntando por qué los medios de comunicación astures han decidido sustraer los rostros de los participantes en la batida de Teverga, esa en la que a pesar de salir a jabalís mataron lobos. Quizás no compartan con Fernández Fano la idea de que todo está claro.

Termino preguntándome qué impulso llevará a alguien que se dice cazador a tirarle a una especie no cinegética. Qué ganas de meterse en jardines, y de hacerle el trabajo sucio al que luego no sale pixelado en prensa.

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Conservando, o no, vaquitas

Mario Quevedo, en Cantabricus
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Leía hace un rato un texto recomendable sobre vaquitas, ese pequeño cetáceo del Golfo de California. Es una reflexión pasional (y no me extraña) por el fallo monumental de encaminar otra especie al abismo de la extinción antrópica. No comparto todo lo que dice, aunque presiento que se trata de como presenta las ideas, no de las mismas. Intento explicarme:

El texto enlazado toca la discusión de si la conservación necesita más biología o más sociología. Discusión que me parece espuria, y me resulta sospechosa – esto último seguramente manchado por mi percepción local de quién provoca esas discusiones: tropa que disfraza intereses personales de intervenciones seudo-reflexivas. El mero hecho de discutir si procede cargar el peso sobre una disciplina científica o la otra refleja la necesidad de la ciencia a la hora de tomar esas decisiones. Y eso es lo que sigue necesitando la conservación. No se trata de decir “aquí no pinta nada la biología, es la sociología”, o lo contrario, sino de seguir los pasos adecuados para llegar a esa conclusión.

El caso concreto de la vaquita: por lo que leo, las causa del declive son bien conocidas. Entiendo que se han conocido estudiando por qué mueren más individuos de esa especie de los que nacen y crecen hasta ser reproductores (me recuerda a un caso célebre en biología de la conservación). Si las causas del declive están bien demostradas, hay que abordarlas. Esas causas, y no otras. Esas causas, y no aquellas más fáciles o más sonrientes. Desde luego, si el problema es el furtivismo o el empleo de determinadas artes de pesca, tienes un problema social, no biológico.

El planteamiento inverso es también frecuente: culpar a la biología de lo que es socio-economía no resolverá los problemas sociales. Y también demanda ciencia, no prejuicios.

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