Por Mario Quevedo, en Cantabricus
Desde el punto de vista de la Biología, de la ciencia, es muy fácil percibir que la gestión medioambiental asturiana es una infamia. Por tanto no le dedicaré mucho espacio a la ciencia en esta entrada.
Los interesados en hechos lo tienen chupao, en estos tiempos fantásticos de Internet y bases de datos públicas; no tienen más que ir a Google Académico (por ejemplo) y buscar algunos términos como «especies clave / keystone species», «role of predators in ecosystems»; o directamente consultar trabajos de tipos como James A. Estes o John Terborgh, publicados por ejemplo en Science*.
Si, Science, no en revistas sectarias, jipis, de especialistas baratos, sino en aquellas que uno mira cuando publican algo sobre salud humana, el genoma, o el agua en Marte. De esas que salen en La Nueva España con titular tipo «investigador cuñado de una asturiana publica estudio en Nature«, con entradilla tipo «recuerdo muy bien la playa de Porcía cuando cortejábamos» dijo el investigador.
Eso si, asumid que el lenguaje de la ciencia, y del rock’n’roll, es el inglés. No así el de la milonga.
O, a la inversa, si uno tiene interés en desacreditar al que suscribe, puede buscar en la literatura científica algo sobre trivialidad de grandes predadores en los ecosistemas. Buena suerte. Sobre redundancia ecológica de lobos o linces. O puede buscar en los criterios de la UICN qué es una población vulnerable, o amenazada. O en los catálogos nacionales… Buena suerte (es un decir).
Pero la gestión del medio natural por parte del Gobierno de Asturias, presidido por Javier Fernández (PSOE) y ejecutada aparentemente por la Dirección General de Fina Álvarez Murias y colaboradores, no va de ciencia. Nada tiene que ver con eso. La gestión del lobo de esta administración es exclusivamente política. De política barata. Es una gestión enmarcada en eso que se últimamente se vienen llamando «valores». Y enmarcada por la ausencia de los mismos, se entiende.
Pero antes de seguir, una aclaración: qué nadie se agarre a la descalificación fácil tipo «es que tu estás en contra del PSOE». El que suscribe, sin militar en ningún sitio, nunca ha simpatizado con la derecha ideológica. Y no creo que eso cambie antes de que la entropía me adelante por la derecha, no; si salgo huyendo, saldré a la izquierda.
La gestión del lobo en Asturias es política de la peor especie, ausencia de valores.
Política de la peor especie porque no consiste en tomar una decisión de gobierno apoyada en una ideología clara, disponible para los electores, sino para acorralar un puñado potencial de municipios rurales para las próximas elecciones. Sí, ya sé que ganaron hace nada, pero la campaña nunca termina, nunca parece empezar el gobierno; no en medio ambiente. Y no es que me parezca mal que un político quiera que le voten, que yo también voy a votar; lo que me parece mal es que disfrace su campaña electoral de decisión técnica, de «Comité Consultivo», de razones económicas.
Y digo que no se apoya en ideología clara porque eso implicaría haberles oído en campaña algo tipo «la gestión de la fauna no la haremos en base a datos o estatus de conservación». Sí, los lobos son también fauna. Biodiversidad. Nativos. De aquí.
Si por el contrario el Presidente asturiano dijera «matamos lobos porque nos lo pide tal o cual alcalde, y los votos rurales son muy importantes dada la configuración electoral poli-circunscripción astur», yo seguiría queriendo emigrar, queriendo olvidar el ambiente tóxico en el que vivo y trabajo. Preguntándome como la izquierda declina conservar el medio natural de la misma manera que la derecha. Pero tendría que reconocer honestidad. Pero no, optan por la falacia, por la chapuza. Por la ausencia de valores. Creo, aunque aquí no me apoyo más que en mi percepción, que pueden hacer esto porque a buena parte del público esto de la conservación le importa un carajo. Ni se enteran.
Y también porque puede haber incluso algún conservacionista que, en la privacidad de su camarote o en la oscuridad de su página web, declare «matar lobos es un mal menor que hay que aguantar para el fin último de preservar la natura», o «matar lobos salva aves carroñeras», o «lo mío es el cambio global, esto de los lobos son chorradas locales».
OK. ¿Y quién dice entonces cuál será la siguiente especie molesta? ¿Cuál será la próxima especie ibérica cuya gestión sera determinada por algún sector de presión productivo, no por su estatus de conservación?
Partiendo de la base de que los lobos molestan a la producción de lácteos, voy a apuntar algún candidato:
– el oso pardo, molesto para la producción de miel. Y para la minería a cielo abierto del occidente.
– el urogallo, molesto para la industria maderera, y la minería a cielo abierto.
– el águila real, top-predator donde los haya, capaz de agriar la leche de cabra de cualquier queso.
– el águila imperial, esa amiga de la caza menor en las grandes fincas del centro-sur.
– el lince ibérico, benefactor de las infraestructuras viarias.
Y seguro que los chicos de la flora pueden nombrar un puñao también.
Alguien, raudo, diría: hombre, que es que de esas especies hay muchísimos menos ejemplares. ¿Seguro? Contadlos, si podéis. Buena suerte.
Contad las poblaciones efectivas, i.e., el número de individuos que contribuyen a la diversidad genética, al potencial adaptativo de la población. Claro que para eso hay que tener interés en Biología de la Conservación, en ciencia. Y no era esa la idea de esta entrada.
*siempre estoy dispuesto a facilitar esos u otros a quién esté interesado y no tenga acceso. A la ciencia en abierto le falta todavía una cocción.
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