Por Mario Quevedo, en Cantabricus
Estos días se me cruzan por las redes sociales muchos comentarios sobre los urogallos cantábricos. Parece que el incremento en frecuencia de clicks galleros se debe a un acto que tuvo lugar en Ponga, Asturies, en el que se hizo balance del proyecto LIFE vigente sobre urogallos.
Desconozco por qué el acto tuvo lugar en San Juan de Beleño; desconozco por qué participaron los que participaron, y no otros. Sólo he visto el terrible resumen que «ofrece» la televisión pública asturiana, al parecer también en peligro crítico. Y no voy a dar más vueltas a las acciones contempladas en dicho proyecto LIFE; no aportaría nada nuevo a contenidos previos de este blog.
Sí me pide el cuerpo no obstante dar alguna vuelta a algo que aflora repetidamente entorno a las noticias de gestión / conservación en los últimos tiempos*: los millones.
Los millones del LIFE. Todos esos millones que eran de todos y que se repartieron cuatro, para seguir viviendo del cuento ambiental.
Ese podría ser el estribillo común en las distintas versiones populares de la canción. Y, cuando lo oigo, me pregunto: ¿por qué tanta murga con los puñeteros millones?
Espera, antes de crujirme, déjame afinar la postura: igual que creo que si no pagamos impuestos no tenemos servicios públicos (bueno, no hace falta fe para esto), creo imprescindible que se nos cuente (o contemos) en qué se gastan esos fondos. Y dudo que nadie en el lado contribuyente quiera que se gasten de forma ineficiente. Pero la insistencia en «los millones del LIFE» ante la falta de resultados se me antoja tan alejada de la ciencia como las opciones criticadas.
Los millones compran esfuerzo, oportunidad. No compran resultados.
Vamos a suponer que los gestores y gestoras de esa población con tan mala pinta consiguen que la Unión Europea financie parte de la gestión, encaminada a mejorar el estado de conservación**. Supongamos después que gastan los primeros miles de € en rodearse de la mejor ciencia disponible. A esas alturas, tendrían varios kilos de sugerencias, y varias toneladas de incertidumbre. Usarían idealmente otro puñado de € en explicar al público la letal combinación. No, la incertidumbre no es popular, lo sé; ahí es donde pasan una temporada crítica decidiendo si siguen soportando los «depende» de los científicos, o si optan por los «claro» de los expertos.
Superan el mal trago y, a partir de ahí, con ciencia más incertidumbre, deciden un plan de acción. Sayonara baby a los millones del LIFE. Los gastan en ese plan de acción, y en exponer que hacen, por qué, quién, y que resultados obtienen. Mientras los funden, alguien idealmente cobra por su trabajo. No, en conservación no hay por qué trabajar gratis.
Sigamos suponiendo que acaba el periodo LIFE, y que acaban los millones. Y que el plan propuesto y ejecutado no sale bien. Bum.
Menudo marrón. No tienes mejor estado de conservación de la población, tienes todavía mucha incertidumbre, y no tienes la pasta. Sin embargo, dudo que muchos de los que hemos discutido sobre la gestión de los pitos en los últimos años percibiéramos el marrón de la misma manera que el que leemos ahora.
La diferencia entre el escenario discutido estos días en la red y el que planteo en estas líneas no son los millones; esos se han gastado de todas formas. Si serían en cambio diferentes algunos procedimientos que convendría poner en práctica, si es que esto de intentar recuperar poblaciones amenazas es algo más que un festival de subvenciones encubiertas***.
Sólo pretendía con estas letras 1) forzarme a estructurar alguna idea latente, y 2) pedir a mi prójimo que me refute las ideas. Con un poco de suerte, aprenderemos algo de todo esto.
*no descarto que siempre haya sido así; pero las referencias son cambiantes, y en este caso no me apeteció buscar la original.
**seguramente requiera excesiva imaginación plantear que el Gobierno de España no dedica la parte equivalente de su presupuesto a otra tarea de conservación, en lugar de construir otra infraestructura inútil.
*** nada tengo contras las subvenciones descubiertas.

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