Por Mario Quevedo, en Cantabricus
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Aprovechando que un virus indeterminado, en pleno ejercicio de su derecho evolutivo, me tiene físicamente desarbolado, pongo por escrito alguna cosa. Esencialmente intento abrir dudas y reflexiones sobre cómo podrá ir encajando la defensa de los derechos de los animales en la biología de la conservación.
Escribo de oído, sin acudir apenas a fuentes que traten estos asuntos desde la filosofía. Así los posibles errores u omisiones por ese lado son exclusivamente míos. Me los permito además por ser esto un mero blog de provincias norteñas, donde nada está claro.
Por un lado, el «especismo», término que leo cada vez más. Dice la versión española de Wikipedia, entre otras muchas cosas1:
El especismo es la discriminación contra quienes no están clasificados como pertenecientes a una o más especies determinadas. Dicho término suele emplearse habitualmente para aludir a la desconsideración moral que sufren los animales no humanos en comparación con los humanos, si bien el especismo no se agota en esta discriminación en concreto.
Y me parece muy bien no discriminar.
Por otro lado, oigo hablar cada vez más de asociaciones o individuos interesados en la defensa de los derechos de los animales. Y no sabes como me alegro; estoy hasta más allá de las gónadas de violentos y maltratadores, físicos y verbales, y sin discriminación de género.

Y por otro de los múltiples lados llevo años mosca con el Derecho, especialmente con su respuesta a los problemas ambientales. Creo que el Derecho, como humanidad que es (lo de ‘Ciencias Jurídicas’ no cuela), no está originalmente pensado para poner orden más allá de los asuntos humanos. Y estos toman precedencia. Quiero pensar que los juristas van pensando en estas cosas.
Y voy adentrándome en el jardín. El especismo es una construcción humana. Dada nuestra complejidad cognitiva y social, algunos decidimos preocuparnos por la discriminación ejercida hacia otros seres vivos. Desconocemos no obstante si esos seres vivos tienen un concepto parecido, recíproco. De forma no muy distinta, las especies animales en las que pienso más frecuentemente no tienen asociaciones propias que reclamen sus derechos. Y no tenemos claro como funcionarían: ¿serían, como cabe esperar por definición de especie, específicas? ¿O serían en cambio comunitarias, agrupando a las especies que habitan e interaccionan en un área concreta2? El emergente Derecho Animal / Ambiental es otra ramificación de esa humanidad original que es el Derecho en general.
Entonces, ¿cómo pueden encajar esos conceptos y disciplinas en una disciplina científica como la Biología de la Conservación? Y es necesario plantearlo porque, al menos en este caso, lo científico no quita lo social, como repito en este blog a menudo. Y el asunto me preocupa porque empiezo a ver síntomas de colisión; seguramente no sea muy preocupante, y las colisiones ocurran de forma inevitable entre una minoría de creyentes en verdades absolutas. Pero el caso es que hay un dilema, porque las especies no son biológicamente iguales; por eso las consideramos como tales. Sólo cuando se parecen lo suficiente, los humanos las juntamos en variedades (subespecies, razas, morfos…) de la misma especie. Lo sabemos bien, y quizás lo sobre-explotemos, los defensores de los grandes predadores, especies molestas que despiertan lo peor del humanismo antropocéntrico con su mera presencia.
Pero para ilustrar la idea prefiero tirar de productores primarios. Piensa por ejemplo en la bonita Daboecia cantabrica, especie habitual de los brezales y tojales del norte de la Península Ibérica:

La corola, tubular, grande para ser un brezo, esconde el néctar al fondo. A Daboecia le vienen bien los polinizadores pequeños que entran y salen a por ese néctar, porque de paso se llevan polen a otra flor al rozarse con los estambres (completamente ocultos en este caso por los pétalos fusionados). También valen los polinizadores con largas trompas, que al menos insertan la cabeza y se afanan en llegar al fondo. En definitiva, una relación mutualista entre distintas especies. Pero en todas partes hay listos: algunas especies de Bombus, esos bichos peludos, prescinden del quid pro quo, le meten un tajo a la base de la corola, y roban el néctar sin llevarse el polen3. Ni siquiera la evasión de impuestos es idea nuestra.
Si Daboecia hablase y formase asociaciones, estoy por apostar que no le darían igual unos insectos que otros. ¿Sería especista Daboecia?
El asunto tiene miga desde hace tiempo en ecología. En esa disciplina hablamos con frecuencia de estructura de la comunidad (composición de especies y grupos funcionales, y abundancia relativa de individuos de unas y otros), y de función ecosistémica. Este último es un concepto complejo, con múltiples facetas, pero podríamos resumirlo por la intensidad de algunos flujos, como la producción primaria, la captura de CO2, el lavado de nutrientes de las cuencas hidrográficas al oceáno, etc. Y sabemos que, como los distintos polinizadores no son iguales para Daboecia, no todas las especies determinan por igual la estructura de la comunidad, ni las funciones ecosistémicas. Sabemos que algunas especies interaccionan directa e indirectamente con otras muchas, siendo en principio más determinantes en la integridad de esa comunidad (ejemplo en Soule et al. 2005, BioScience, de acceso libre). Eso no quiere decir que una especie sea siempre, en cualquier ecosistema en el que esté presente, igualmente interactiva. Esas cosas hay que medirlas.
Podríamos incluso montar una metáfora para ilustrar la idea, usando una comunidad humana: imaginando que los individuos son especies, los más famosos son los que interaccionan con más individuos, directa o indirectamente, y la comunidad notará en principio más su falta. «La marcha de Menganita deja un gran hueco en la comunidad de ____». O incluso el concepto «Cuando Un Amigo Se Va», de Alberto Cortez. En el caso de los grandes chorizos, por ejemplo, la «función ecosistémica» mejoraría muchísimo al aumentar la redistribución de la pasta. ¿Nos entendemos?
Y más miga aún. La ‘redundancia ecológica’ y su anverso ‘complementaridad’ son conceptos importantes que hace ya más de 20 años entraron en biología de la conservación, por medio del Biodiversity and Ecological Redundancy, de Walker 1992 (GS encuentra pdfs). Resumiendo: partiendo de la premisa de que la capacidad logística y financiera para conservar la biodiversidad es limitada4, qué especies tendrán prioridad en la asignación de esos recursos limitantes. Dice Walker, y dicen otros desde entonces, que serán prioritarias aquellas menos redundantes, aquellas que no pueden ser reemplazadas al ejercer una función en la comunidad. Y esa es la base del concepto conservation triage, del que me acordé gracias a mi virus en la sanidad local. Algo escribí también aquí, hace tiempo.
Las especies no son, por definición y ciencia, iguales. Y sin embargo, éticamente hacemos bien en preocuparnos por el bienestar de los seres vivos no humanos. La combinación no es fácil. ¿Caemos en el especismo los socios de ASCEL cuando queremos conservar a los lobos? ¿Caemos en el especismo los que explicamos que los grandes carnívoros son ‘especies apicales’, muy interactivas y, por tanto, merecedoras de particular atención? ¿Caemos en especismo al querer erradicar la malaria, causada por Plasmodium spp.? ¿Tiene sentido el concepto? ¿Cuándo pensamos en derechos de los animales, lo hacemos también frente a otros animales?
Yo no sé como seguir la canción, pero a ver si entre unos y otros alejamos la melodía del ruido de sables.
PS: entrada actualizada 2015.05.30, sustituyendo la foto de Daboecia y añadiendo un enlace a otra foto en las notas.
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